ARTÍCULO DE OPINIÓN
Miguel Carrilho, consultor principal en FICO
Las entidades financieras están entrando en un momento decisivo. La transformación digital ha multiplicado las oportunidades de negocio, pero también la complejidad del fraude y la presión de unos clientes que ya no toleran fricciones en su experiencia ni situaciones de sospecha de fraude. De hecho, según un informe del Fondo Monetario Internacional, la pérdida de confianza, las dificultades regulatorias y los ciberataques con deepfakes son algunos de los mayores riesgos para el planeta en los próximos diez años.
Ahora mismo, son cinco las grandes fuerzas que están redefiniendo el sector: la evolución del fraude en tiempo real, la convergencia de datos y tecnologías, el crecimiento exponencial de las transacciones, el cambio en las expectativas de los consumidores y el refuerzo de la protección legal del cliente. En ese marco surge un nuevo ecosistema no previsto de criminalidad digital que obliga a la banca a repensar su estrategia y su papel como garante de la confianza económica.
1. La evolución del fraude en tiempo real
El fraude ya no es un fenómeno estático. Es dinámico, adaptable y casi instantáneo. La banca ha pasado de analizar entre 20 y 50 atributos por operación a manejar más de 500 antes de tomar una decisión sobre riesgo. Y aun así, los atacantes encuentran huecos. Los sistemas de pago inmediato permiten mover dinero en segundos, lo que exige a los bancos reaccionar a la misma velocidad. Sobre todo ante la inminente posibilidad de realizar este tipo de transacciones instantáneas entre cualquier ciudadano de toda Europa. Y también teniendo en cuenta que, según Payments, se prevén pérdidas de 49.000 millones de dólares en fraude sin tarjeta para 2030.
Según el Banco de España (Informe de Supervisión 2024), la tasa de fraude en nuestro país en transacciones con tarjeta fue del 0,023 % en la primera mitad de 2023. Y si tenemos en cuenta la aplicación de autenticación reforzada en los pagos revela que, a pesar de lo que podría parecer, la tasa de fraude ha aumentado, debido a que los delincuentes están buscando constantemente nuevas formas para operar y saltarse la autenticación, sobre todo, manipulando a los clientes y robando identidades.
A todo esto, se suma una evolución cualitativa: el fraude ya no depende sólo de vulnerabilidades técnicas, sino de ingeniería social avanzada, suplantación mediante inteligencia artificial y manipulación de identidades digitales. De hecho, las organizaciones criminales se estructuran ya como corporaciones, con equipos de RR. HH., procesos, objetivo, división de funciones… Por eso, es fundamental que la banca pase, lo antes posible, de un modelo reactivo a uno predictivo, apalancado sobre la IA.
2. Convergencia de datos y tecnologías
La digitalización ha creado un complejo ecosistema en el que identidad, biometría, dispositivos, comportamiento y transacciones se entrelazan. La clave ya no es disponer de datos, sino conectarlos con sentido, integrarlos y analizarlos en tiempo real.
La biometría, por ejemplo, se ha convertido en un aliado estratégico. La sociedad avanza hacia un modelo en el que las contraseñas tradicionales pierden relevancia frente a métodos más personales, pero también más sensibles desde el punto de vista de la privacidad.
Pero la convergencia tecnológica no es sólo una oportunidad. Es también un peligro: los delincuentes tienen acceso a las mismas herramientas que las entidades financieras. Deepfakes, generadores de documentos falsos, simuladores de voz o bots conversacionales convierten lo que antes era un fraude artesanal en una operación industrial.
3. Cometer fraude para conseguir más “likes”
El crecimiento del comercio digital, los pagos móviles y las plataformas fintech ha disparado el número de operaciones que una entidad debe supervisar. Sólo en España, la plataforma más utilizada de pagos instantáneos gestiona unos 3 millones de transacciones al día. Por eso, el desafío ya no es detectar un caso aislado, sino hacerlo entre millones de microtransacciones diarias que pueden esconder patrones complejos.
En Brasil, donde Pix, la plataforma de pagos instantáneos por móvil, mueve miles de millones de operaciones mensuales, ha aparecido un fenómeno que ilustra la evolución del ecosistema criminal: los Rauls. Se trata de jóvenes estafadores digitales que actúan de forma individual o en grupos pequeños, buscando reconocimiento social en redes a través de fraudes que presentan como “hazañas”. No forman organizaciones estructuradas, pero representan una tendencia inquietante: la gamificación del delito financiero, donde la notoriedad pesa más que el riesgo penal.
No son una amenaza comparable a una mafia tradicional, pero sí un síntoma de que el volumen creciente de transacciones y la inmediatez del dinero digital crean nichos para nuevas formas de delincuencia. En Europa, donde los pagos instantáneos se expanden con rapidez, es un espejo que conviene observar antes de que llegue esta tendencia tan peligrosa.
4. Clientes más exigentes y más impacientes
La transformación digital ha cambiado el modus operandi de los clientes. Según estudios de FICO, el 36 % de los españoles está más predispuesto que hace un año a abrir una cuenta digital, pero sólo está dispuesto a responder entre 6 y 10 preguntas durante el proceso. Y si la verificación se complica, uno de cada cuatro abandonará la solicitud.
Esto pone de relieve que la experiencia de usuario se ha convertido en un factor crítico: para el 63 % de los encuestados, es tan importante como los productos de la entidad; para el 28 %, incluso más, lo que coloca a los bancos en un delicado equilibrio: reforzar la seguridad sin introducir fricciones que erosionen la confianza. Una mala experiencia puede empujar al 59 % de los españoles a cambiar de entidad, según el mismo estudio.
5. Mayor protección legal y más responsabilidad para la banca
La regulación europea avanza hacia una mayor protección del consumidor. Esto implica que las entidades tienen más responsabilidad en la prevención, detección y compensación del fraude. No basta con proteger: hay que demostrar que se ha protegido.
La combinación de regulación estricta y clientes empoderados obliga a los bancos a adoptar IA responsable, marcos éticos y modelos explicables que reduzcan sesgos y eviten decisiones que comprometan derechos fundamentales de los usuarios.
Un nuevo ecosistema de riesgo
En este contexto, fenómenos como los Rauls, aunque minoritarios, funcionan como señales de alarma. No son el centro del problema, pero sí un indicador de que la delincuencia financiera se está volviendo más joven, más visible y más tecnológica. Y de que el prestigio social asociado al delito digital puede escalar si no se refuerzan los mecanismos educativos, regulatorios y tecnológicos.
En definitiva, vemos cómo la banca se enfrenta a desafíos que ya no pueden abordarse con herramientas del pasado. El fraude evoluciona en tiempo real, los clientes exigen agilidad sin renunciar a la seguridad y la criminalidad adopta formas inesperadas que combinan notoriedad digital, tecnología accesible y ausencia de barreras de entrada.
El futuro del sector dependerá de su capacidad para conectar datos, integrar tecnologías, educar a los usuarios y aplicar IA responsable. No se trata de combatir fenómenos como el de los Rauls, sino de construir un sistema capaz de neutralizar fenómenos como el suyo antes de que se conviertan en tendencia. Y para desenvolverse en este entorno, los bancos deben fortalecer la visibilidad del riesgo a nivel de cliente, combinar analíticas de comportamiento y biométricas, modernizar la gobernanza del fraude y desplegar inteligencia artificial explicable que permita decisiones rápidas pero seguras. Las instituciones que alineen estrategia, analítica y operaciones estarán mejor posicionadas para gestionar este nuevo ecosistema de riesgo digital.







